viernes, 30 de noviembre de 2012

Relatos: Allan Quatermain y la tribu de la Araña Cap. 3

 

Allan Quatermain se echó el contenido cubo de agua por encima y esto le hizo finalmente reaccionar y despertarse. La noche anterior acabó a altas horas de la madrugada, entre cerveza, whisky y juegos de cartas en la cantina del fuerte. Mientras se vestía recordaba con una sonrisa como compartió viejas historias, risas y vivencias con su antiguo camarada Edgar Mccoy. Su cabeza se sentía cómo si una manada de elefantes enloquecidos estuviese pasando por encima en esos momentos.
Demasiado alcohol y ya no era ningún muchacho y las borracheras se iban soportando menos según pasaban los años. Salió de su habitación, calándose su sombrero y decidido a desayunar y silenciar los gruñidos de su estomago quejoso.
Se pasó por el pequeño cuartucho en el que dejaron dormir a su amigo Umslopogaas, y observó con sorpresa que estaba vacío.
El padre Anthony Shaw pasó por su lado, ensimismado en la lectura de su vieja biblia, casi tropezando con él.
Le hizo un gesto con el sombrero saludándole.
         —Buenos días, padre, dígame, ¿ha visto a mi compañero?
El sacerdote, calvo y con una barba rubia algo descuidada, y unos colores en sus mejillas que denotaban que probablemente bebía algo más que el vino de los sacramentos le miró con sorpresa.
— ¿Su salvaje infiel? Creo que lo vi salir del fuerte apenas salió el sol, No me apena, no es buen lugar para los salvajes que no se sigan el camino del señor y sigan adorando a falsos dioses.
El padre se metió en el interior de la pequeña iglesia, dejando a Quatermain contemplando el trasiego de los soldados y los civiles que no cesaba entre los muros del fuerte. El cazador resopló y decidió que se tomaría un simple té, cogería su rifle y buscaría a su amigo.

 
Umslopogaas se inclinó, observando el rastro que llevaba siguiendo las últimas horas, si sus sospechas eran ciertas, no tenía mucho tiempo que perder.
Algo se movió en la espesura y el guerrero africano se puso en alerta, y tuvo apenas tiempo de advertir como una figura saltaba de uno de los árboles cercanos, cayendo en picado sobre él. Debido a la fuerza del impacto, soltó su pesada hacha y ambos rodaron por el suelo, un guerrero tribal, con una araña blanca que cubría gran parte de su rostro y que intentaba clavarle un cuchillo con insistencia. El poderoso Umslopogaas le dio un fuerte cabezazo a su atacante, que lo dejó aturdido, momento que aprovechó para quitárselo de encima y ponerse en posición de ataque. Era un hombre joven, pero fuerte, pero sus pupilas estaban completamente dilatadas, como si se hallase en algún tipo de extraño trance.
 
Ilustración de Jacobo Glez
 

Sus ojos se fueron a su caído hacha y esquivando el cuchillo de su oponente, que pesé a intentarlo, recibió una pequeña herida en el costado, llegó a su hacha y lo elevó con sus dos manos, cuando se hallaba dispuesto a ensartarle con su arma, por sorpresa, su enemigo le lanzó un polvo a los ojos que lo dejó cegado momentáneamente.
Con su vista nublada, sólo veía sombras, y con un salvaje grito, se preparó para recibir el golpe del guerrero, cuando escuchó el familiar sonido de un disparo.
         — ¿Te encuentras bien, amigo? —preguntó la conocida voz de Allan Quatermain.
Umslopogaas asintió, y se frotó los ojos, en unos segundos, recuperó su visión habitual.
Quatermain examinaba el cuerpo del hombre al que había fulminado con un certero disparo de su rifle, aún humeante.
       —Esta pintura en su cara… Es muy similar a la araña que vimos grabada en ese tronco…
      —El culto de la Araña, Macumazahn . —dijo simplemente el amigo del cazador inglés. —Es un simple explorador, una avanzadilla.
Quatermain fue a decirle algo, cuando un ensordecedor ruido lo llenó todo. El inglés y el africano se miraron,  y caminaron por entre los árboles y la maleza, hasta que llegaron a una pequeña ladera, desde podían contemplar algo que lo dejo boquiabiertos y sin saber muy bien que decir.
Innumerables guerreros, hombres altos y musculosos armados con lanzas largas, las caras con una araña blanca pintada en la frente, al igual que quien trató de acabar con Umslopogaas, acampaban, elevando los cánticos y los tambores, mientras danzaban y bailaban.
Allan Quatermain supo de inmediato que tenían que salir de allí rápidamente y regresar al fuerte. Era una cuestión de vida y muerte.

Edgar Mccoy se hallaba con los brazos cruzados, rodeado de sus lugartenientes y frente a su viejo amigo Quatermain y su fiel Umslopogaas. Estos llegaron corriendo y exigiendo una reunión con él y sus hombres, que era algo muy urgente.
       — ¿Y dices que era un gran número de guerreros? ¿De una tribu que desconoces? —
Preguntó preocupado el jefe del destacamento.
Quatermain bebió un largo trago de agua y después contesto.
       —Probablemente cientos, y no creo que sus intenciones sean precisamente amistosas, Mccoy. Tienes que pedir refuerzos, pueden estar aquí en cualquier momento, esta misma noche o al amanecer, pero atacarán, créeme.
Un soldado inglés soltó una risa burlona.
        —Con todos mis respetos, señor ¿tenéis que hacer caso a este hombre? Y aunque así fuese, son simples salvajes primitivos, no tienen nada que hacer contra los soldados del Imperio Británico, señor.
        —Confió plenamente en Quatermain, él lleva muchos años en estas tierras y las conoce como si hubiese nacido en ellas.
        —Y no debéis subestimar a los guerreros tribales, y menos a estos, ojala me equivoque, viejo amigo, pero me temo que no tendremos esa suerte. —dijo el cazador a Mccoy.
El oficial inglés se quitó su casco y las gotas de sudor resbalaban por su frente, y no era por el calor reinante, si no por la preocupación.
      —Está bien, Allan—dijo finalmente. —doble las guardas y que todo hombre que esté en disposición de llevar un arma este preparado y en formación en media hora. Envíen a dos soldados en busca del destacamento más cercano y pidan ayuda.
Los soldados se quedaron paralizados, como si no acabasen de comprender realmente lo que estaba sucediendo.
       — ¡Rápido! ¡No hay tiempo que perder!— ordenó Mccoy. 
—Esta anocheciendo, debemos prepararnos, va a ser una noche larga. —dijo Quatermain.

La noche llegó finalmente, e hicieron guardia vigilando en los muros que rodeaban el  fuerte. Un soldado llamado Sidwell silbaba una canción popular, mientras otro llamado James mordisqueaba un muslo de pollo de las reservas que se había traído para pasar la guardia, mientras Allan Quatermain observaban a la luz de las estrellas el paisaje que se podía observar. Umslopogaas se paseaba su hacha de una mano a otra inquieto.
       —Esta todo en calma, demasiado tranquilo…—Observó Quatermain  torciendo el gesto.
Se volvió hacía la su fiel amigo Umslopogaas, que apenas había hablado en las horas que llevaban allí.
      —Puede que os equivocaseis y no ataquen. —dijo esperanzado Sidwell.
Quatermain le hizo un gesto para que guardasen silencio e indicó que mirasen.
Una neblina que parecía surgida de la nada se oteaba en la noche, y entre la niebla, surgieron hileras de figuras de guerreros que avanzaban con paso firme, con sus largos  escudos y sus lanzas y lanzando gritos y cánticos.
Murudu contempló henchido de orgullo a sus hombres y con un desgarrador grito surgido del interior de su garganta comenzó a correr, y detrás suyo los guerreros Vikunga cargaron.
      —Ha empezado. —dijo Allan Quatermain cargando su rifle, mientras se daba la alarma en todo el fuerte inglés.
 
 
Continuará…

2 comentarios:

  1. Rapido, directo, al grano y sin concesiones. Sin rodeos. Has logrado un genuino aire de serial, algo que llevaba tiempo buscando. Algo que yo mismo quiero lograr algun dia.

    Por cierto. te envidio los dialogos. es algo que me cuesta horrores hacer no ya bien si no decente.

    ResponderEliminar
  2. Gran continuación, por fin empiezan las hostias, XDDDD. Espero ver como los ingleses resisten valientemente y justo cuando parezcan que morirán todos aparezcan los refuerzos como Eömer en el Abismo de Helm, XDD.

    ResponderEliminar