viernes, 23 de noviembre de 2012

Relatos: Allan Quatermain y la tribu de la Araña Cap. 2

Durante el resto del viaje, Quatermain se percató de que su compañero y amigo africano, el poderoso  Umslopogaas, que no le tenía miedo a nada ni a nadie, permanecía callado y con una expresión de desconcierto e incluso de temor que jamás le había visto en sus años de amistad.
—Dime, amigo mío ¿Qué te preocupa? —le preguntó el cazador al gigante africano.
—La Gran Araña. —contestó casi sin voz.
Allan Quatermain arrugó la frente.
— ¿La Gran Araña? He oído alguna vez ese nombre, pero casi nadie la menciona ni quiere hablar de esa deidad.
El africano  se puso serio.



Ilustración de Jacobo Glez




—Mi abuelo me contaba de pequeño que su mismo abuelo le explicaba que una vez fue un culto extendido en el continente, la Gran Diosa o Diosa Araña es una diosa cruel y que exige sangre y sacrificios en su nombre. Se dice que sus siervos acaban convertidos en criaturas semejantes a los insectos y con poderes horribles e inhumanos. Se le supone reducido o casi desaparecido hace generaciones, su culto fue repudiado por la mayoría de tribus, y perseguido por la legendaria tribu de los Sumai.
El cazador miró a su amigo con sorpresa.
—Los Sumai, los guerreros más salvajes y poderosos que jamás pisaron esta tierra. —comentó Quatermain. —O al menos eso se comentan en las viejas historias que se cuentan de poblado en poblado.
Umslopogaas sintió.
—Sus hazañas y su poder quedaron grabados en la memoria de innumerables pueblos, Pero no se supo más de ellos. —dijo el africano.
—Se perdieron en las páginas de la historia, incluso muchos dudan que fuesen más que semi-dioses inventados, leyendas para contar en las noches por los chamanes de los poblados. —añadió Quatermain. — ¿Entonces ese símbolo que vimos es del culto de la diosa araña?
Respiró hondo antes de  responder.
—Mi abuelo me lo dibujo varias veces cuando era un niño y se me quedó grabado en la cabeza, por su significado y la maldad que conlleva, Macumazahn.
—Esperemos que tus temores sean infundados, amigo mío. —dijo dándole una palmada en el hombro.
Umslopogaas asió con fuerza su enorme hacha e hizo un gesto de asentimiento, aunque sin mucho convencimiento.
Quatermain sabía que las supersticiones y las creencias influenciaban mucho a las gentes de África y había aprendido a respetarlas, e incluso tenerlas en cuenta en ocasiones, pues este gran continente era ya su hogar, casi más que el Imperio Británico.
No fueron conscientes de que unos ojos les observaban; un hombre negro, con una araña pintada en la frente, les espiaba y seguía todos sus pasos.
Sin incidentes en el transcurso del camino, y deteniéndose a descansar y dormir, acabaron llegando a un pequeño fuerte lleno de un destacamento de soldados del imperio británico, con sus casacas rojas y sus cascos blancos, además de una iglesia con un párroco que trataba de evangelizar a los nativos de los alrededores y algunos comerciantes que exportaban todo tipo de mercancías a las islas británicas.
Cruzaron las puertas del pequeño fuerte y el jefe del destacamento, un hombre pelirrojo, con ojos azules y un poblado mostacho se plantó ante Quatermain y le saludo.
— ¡El gran Allan Quatermain nos ha dignado con su presencia!
— ¡Edgar Mccoy! ¡Cuánto tiempo!
El oficial inglés y el cazador se fundieron en un abrazo.
—Hacía años realmente, cuando me destinaron el continente negro, tenía la sensación de que nuestros caminos se cruzarían en algún momento.
— ¿Aún eres capaz de aguantar tantas pintas de cerveza como en los viejos tiempos, Mccoy? —dijo el cazador dibujando una sonrisa.
—Hace un par  de días que nos llegó un cargamento de barriles, estas invitado a la cantina a comprobarlo esta noche, Allan.
Quatermain se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente.
—Será un placer, Mccoy, prepárate, ¡esta vez te lograré tumbar!
Mccoy pareció reparar en la figura imponente de Umslopogaas.
—Este debe de ser tu sirviente africano del que me han hablado ¿no?
— ¿Sirviente? En ningún caso, es un buen amigo, te presento al poderoso Umslopogaas. Me ha salvado la vida más veces de las que puedo recordar, así que se le tratará con respeto, como merece. —dijo Quatermain mirando seriamente al oficial inglés.
El jefe del regimiento suspiró.
—Si se porta civilizadamente, no tendrá problemas aquí, Allan, tienes mi palabra.
Quatermain asintió y despidió al oficial, que debía atender otros asuntos.
El cazador miró a su compañero.
— ¿Tienes hambre? Porque yo me comería un venado entero yo solo. Ven, a ver si alguien nos puede dar algo decente para comer.
 
 
Murudu dio un paso hacia adelante, entre las filas de sus guerreros, cuyos escudos y lanzas se contaban por centenares.
Caminaba con orgullo y satisfacción, sólo los más fuertes y resistentes se hallaban entre sus guerreros.
Quienes no se unieron a su tribu, y quienes no se doblegaron ni abrazaron la fe de la Diosa-Araña fueron muertos y sus supervivientes usados para los sacrificios rituales que le debían a la Gran Araña. Los débiles no tenían un sitio entre los suyos, todo el que no aceptase sus términos, caería. Nada ni nadie podría detenerles.
A cierta distancia, pero siguiendo muy de cerca sus movimientos, se encontraba la anciana Araye.
Una mujer se acercó al líder de los Vikunga, era ya mayor, aunque sin ser haber entrado aún en la vejez.
—Mi señor, te suplico que detengas esto, sólo traerá la perdición para los nuestros.
Murudu plantó su mirada en la mujer, y recordó como esta le crió como un hijo cuando sus padres murieron siendo apenas un niño.
—Es mi voluntad, Lenea, y nuestro destino.
La mujer le escupió con despreció.
— ¡Es esa vieja bruja quien habla por ti! ¡Con ella llegó el mal y nos engullirá a todos! —dijo Lenea señalando a la anciana.
El líder tribal la apartó de un golpe, y esta cayó el suelo, llevándose su mano a su rostro dolorido.
—Es la Gran Araña quien ha elegido a Murudu para levantar un imperio que nadie podrá detener, mujer. —inquirió Araye atravesándola con la mirada, con sus ojos inyectados en sangre. —La Diosa Araña exige que quienes estén en su contra perezcan bajo su poder.
La mujer comenzó a sentir un dolor agudo en el estomago, y empezó a toser y sintió como una bilis le subía por la garganta. Vomitó hasta que varias gotas de sangre asomaron, y con sorpresa y pavor, vio como pequeñas y negras arañas brotaron de su boca, abrieron surcos en su estomago y en su torso y en pocos momentos, su cuerpo estaba cubierto por completo por arañas que se removían devorándola hasta los huesos.
Murudu se volvió hacía su consejera y su sacerdotisa.
— ¿Era la voluntad de la Gran Araña?
La anciana asintió.
El jefe de la tribu contempló unos instantes lo que quedaba del cadáver de su madre adoptiva y de nuevo regresó su atención hacia sus guerreros.
— ¡Vikungas! ¡Estáis conmigo! ¿Me seguiréis para acabar con todos nuestros enemigos y los de la Diosa?
Un clamor estruendoso lo ensordeció todo. Los tambores sonaron con fuerza y los cánticos siguieron a los guerreros desplazándose y siguiendo a su líder.
La tribu de la araña marchaba para la guerra, y pobre de quien se cruzase en su camino….

Continuará...

2 comentarios:

  1. Algo me dice que en ese fuerte van a pasarlo muy mal dentro de poco. Me gusta esa sensacion colonial cuando Quatermain corrige a McCoy acerca de Umslopogaas siendo un amigo y no un sirviente. Me ha dado autentica sensacion de Quatermain siendo ya más africano que británico.

    ResponderEliminar
  2. Un gran relato que seguiré con gran interés^^, si hasta me están dando ganas de ver las minas del rey Salomón, que no la veo desde peque, XDD

    ResponderEliminar