domingo, 10 de febrero de 2013

Relatos: Allan Quatermain y la Tribu de la Araña Cap. 5

Umslopogaas no dio crédito cuando cómo si sus heridas no tuviesen efecto alguno en su amigo Allan Quatermain, y con un vigor increíble, insuflado de una vitalidad y una energía desconocidas, el cazador inglés saltó el muro del fuerte y calló entre las filas de los guerreros Vikungas que lo rodeaban.
El poderoso Umslopogaas no dudó ni un segundo en seguir a su amigo, pesé a que pudiese significar la sentencia de muerte de ambos, y impulsado por los fuertes músculos de sus piernas, saltó, cayendo con su hacha sobre varios enemigos, que inmediatamente fueron siendo eliminados por su contundentes golpes de su letal arma.

El nativo africano miró a un lado y a otro, sin dejar de combatir, intentando discernir donde se hallaba Quatermain, cuando lo vio claramente, y se quedó completamente paralizado.
El inglés se encontraba frente a un gigante Vikunga, y por su porte, y sus pinturas, se trataba sin dudarlo del jefe guerrero de la tribu.
Muguru con los ojos negros como la noche, más de un insecto que de hombre, con su poderosa lanza en el aire, parecía invencible y cuya presencia se agrandaba por momentos y la de Quatermain empequeñecía a cada segundo.
        — ¡Macumazahn! —gritó, tratando de llamar la atención de su compañero, que parecía inmerso en una especie de trance.
Detrás del gigantesco líder Vikunga, una encorvada anciana, cuya sombra se asemejaba más a la de una araña que a la de una persona, con una pérfida y burlona sonrisa en su rostro arrugado y contrahecho.
Cuando Umslopogaas se encaró hacía ellos, decidido a luchar codo a codo con su amigo, sucedió algo inaudito.
El sonido de unos atronadores tambores de guerra, era casi como si resonasen por las nubes, como una tormenta que se acercaba inminente, y ante la sorpresa de todos, allí aparecieron de la nada. Guerreros africanos cuya talla parecía haber sido forjada en mental o en piedra, poderosos y titánicos, acompañados por sabuesos negros de aspecto aterrador, surgidos de la nada, se abalanzaron con un único grito de guerra.
Una mujer, esbelta y fibrosa, cuya mano derecha era una auténtica garra de color púrpura los lideraba, y cargaron contra los Vikungas, rompiendo sus filas como una hoz segaba el trigo.
Dukara, la Garra de Siruuk, iba por delante, acabando con quien se cruzase en su camino, sin que nadie pudiese detenerla.
Araye posó sus ojos en la mujer y una mueca perversa se dibujó en su rostro mientras se frotaba las manos.
 
Los miles y miles de arácnidos atacaban a los colonos y a los soldados británicos por igual, los cubrían por completo hasta sepultarlos bajo su peso, introduciéndose por su garganta hasta avanzar y devorar sus mismas entrañas. Mccoy y un puñado de soldados y colonos se refugiaron en la iglesia, cerrando con celeridad cualquier posible apertura por donde pudiesen introducirse las letales arañas.
El Padre Anthony Shaw, con evidencia palpable de estar completamente abrió, tambaleante se arrodilló y miró hacia arriba, mientras rezaba con voz entrecortada.
        — Ojalá Dios pueda ayudarnos, padre, ojala… —dijo Mccoy con la frente perlada de sudor frio y mientras miraba a los hombres, mujeres y niños que le rodeaban.

Allan Quatermain, golpeó con la culata de su rifle en el estomago a Murudu, pillándole totalmente desprevenido y por sorpresa, antes de que este, sorprendido por el atrevimiento de que osasen atacarle, el inglés le clavó su bayoneta, colocada antes del asalto en su rifle, hundiéndosela en el pecho.
Murudu no reaccionó hasta un instante después, cuando partió el rifle en dos, lo que le dolió más al veterano cazador que cualquier herida y lo agarró del cuello, levantándolo en el aire como si fuese un simple muñeco.
        — ¿Te atreves a atacar al elegido de la Diosa-Madre? ¿A quién es la mano de la Araña? ¡Pagarás con mil muertes tal osadía!
 
Ilustración de José Baixauli
 
Cuando iba a descargar un golpe letal, Dukara, la líder de los misteriosos guerreros aparecidos como auténticos fantasmas, saltó sobre él, lo que hizo que soltase a Quatermain. La mujer, se movía como un felino, descargó su garra contra el cuerpo de Murudu, que por momentos parecía que se tambaleaba y que iba a caer finalmente.
Sin embargo, cuando todo estaba a favor de Dukara, dos brazos monstruosos surgieron del torso del gigantesco Vikunga y sujetaron a la mujer, inmovilizándola.
Quatermain no fue consciente de esto, una vez consiguió reincorporarse, un par de guerreros Vikungas lo atacaron, con su cuchillo como única arma, se lo arrojó con todas sus fuerzas a uno de ellos, clavándose en la frente y cayendo fulminado en el acto, el siguiente con un hacha de mano y un escudo corrió hacia él, cuando un potente hachazo en su espalda lo derribó con estrepitó.
        — ¡Macumazahn! ¿Quiénes son estos guerreros fantasmales? ¿De dónde han salido? —preguntó Umslopogaas.
La expresión del inglés cambió, casi con entusiasmo los señaló.
        — ¿Acaso no lo ves? ¡Son los Sumai! ¡Han regresado para derrotar a los siervos de su ancestral enemigo!
El nativo abrió mucho los ojos.
        —Los Sumai…
Dukara, la joven avatar del Dios Siruuk, hizo que surgiesen haces de energía violeta de las puntas de los dedos de su garra que impactaron directamente  en los ojos de Murudu, que temporalmente con su visión cegada y aturdido, liberó su presa.
Justo entonces, la Garra lanzó un golpe directo al torso del gigantesco Vikunga, que lo arrojó contra un puñado de sus propios guerreros, que se desperdigaron por el fuerte. Sin darle tiempo a reaccionar, la Garra saltó encima  de su ahora débil enemigo y descargó una furia incontrolada de golpes sin compasión que hicieron que el otrora invencible y poderoso Murudu estuviese a punto de ser derrotado para siempre.
Entonces, Araye, movió sus delgados y sinuosos dedos y hebras de luz oscura surgieron de las palmas de sus manos, aprisionaron los brazos de la joven nativa.
La anciana sonrió, cuando observó como Murudu comenzó a levantarse, recuperándose del severo correctivo recibido.
Quatermain con rapidez, señaló a la anciana, y Umslopogaas comprendió a que se refería, alzó con todas  sus fuerzas su poderosa hacha, arrojándola con una potencia descomunal y este hizo blanco entre los omóplatos de la anciana
         —Buen tiro, viejo amigo. —observó Quatermain.
Araye, inmóvil en el suelo, se desmoronó, convirtiéndose en pocos segundos en apenas un montón de piel y huesos muertos.
Murudu de inmediato se sintió débil, y todo el valor que le insuflaba fuerzas, se desvaneció como llevado por el viento, y no pudo evitar que Dukara le clavase su garra en el pecho, haciendo que se convulsionase de manera terrorífica hasta que su último aliento le abandonó. Murudu y los Vikungas habían sido derrotados finalmente, y la sombra de la Diosa Araña se esfumó, ocultándose de nuevo, como tanto tiempo atrás.
La Garra miró por un instante a Allan Quatermain y a su compañero Umslopogaas, y el inglés creyó ver la sombra de una leve sonrisa y un asentimiento de agradecimiento.
Y así, tal y como vinieron, los Sumai, los guerreros fantasmas, se desvanecieron, como si nunca hubiesen estado allí.
Allan Quatermain observó como los derrotados Vikungas huían despavoridos, aterrados por la derrota de su todopoderoso líder y su consejera, y ya sin el favor de la Gran Madre, la Diosa Araña, el valor y el poder que les llenaba de vigor y fuerza, se esfumó, para siempre. Allan supo en su interior que ya no serian una amenaza.
Umslopogaas se quedó pensativo, mirando al cazador, mientras regresaba para ver el estado de los supervivientes al asalto al fuerte.
        —No lo comprendo… ¿Cómo sabias que eran ellos? ¿Qué es lo que ha ocurrido?
Quatermain resopló.
        —Amigo mío, en este lugar hemos asistido a fuerzas que actúan por encima de nuestra comprensión… No trato de entenderlo del todo, pero de algún modo, mientras permanecía inconsciente, los enemigos eternos de la Araña se cruzaron con mi mente, con mi alma o mi espíritu, como quieras llamarlo… Y decidieron que debían detener de nuevo el avance de sus resurgidos seguidores. Su fama como los grandes guerreros que eran era bien merecida, desde luego.
El nativo frunció el ceño.
        — ¿Crees que volveremos a saber pronto del culto de la araña, Macumazahn?
Allan Quatermain negó con la cabeza.
        —Algo me dice que su influencia ahora mismo no es muy grande, y esta derrota será un duro golpe… Aunque me temo que la sombra de la Diosa Araña es muy alargada.
         — ¡Venga! No se tú, pero yo tengo el gaznate secó, tanto disparar me da una sed tremenda.
Los dos amigos estallaron en carcajadas mientras se volvían a introducir en el fuerte inglés.
 
 
FIN

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